
Hay algo que me viene llamando la atención últimamente: la reacción que provoca la palabra "izquierda".
No hace falta explicar una propuesta, presentar un programa ni plantear una medida concreta. A veces ni siquiera hace falta terminar la frase. Alcanza con decir "izquierda" para que aparezca una catarata de respuestas.
Fidel. Maduro. Chávez. Cuba. Venezuela. "Vagos". "Parásitos". "Viven del Estado". "Sacaron el 2%". "Nunca los voy a votar".
Y la conversación cambia de tema al instante.
Ya no importa demasiado qué se estaba discutiendo. La palabra funciona como un interruptor: se enciende y aparecen respuestas aprendidas, muchas de ellas de hace veinte, treinta o cuarenta años.
De ahí me surge una pregunta genuina: ¿qué tiene esa palabra para provocar tanto rechazo incluso antes de escuchar qué se está diciendo?
Los problemas no cambian de nombre
Uno podría pensar que, a esta altura, deberíamos estar un poco más interesados en discutir problemas concretos.
Qué pasa con el salario.
Qué pasa con los jubilados.
Qué pasa con los docentes.
Qué pasa con el trabajo.
Qué pasa con el acceso a la vivienda.
Qué pasa con los barrios que siguen esperando obras y servicios básicos.
Qué pasa con las escuelas.
Qué pasa con una familia que trabaja todo el mes y aun así no llega tranquila a fin de mes.
Esos problemas existen independientemente de cómo decidamos llamarnos.
Discutir a la persona para no discutir la idea
Muchas veces se cuestiona a la izquierda por hablar de trabajadores, de desigualdad, de distribución de la riqueza o de derechos. Pero rara vez se discute en serio por qué esos problemas siguen existiendo.
Es mucho más sencillo discutir dónde vive un dirigente, cuánto cobra, qué porcentaje sacó en una elección o qué hizo una organización política hace décadas.
Y ojo: claro que los dirigentes pueden y deben ser cuestionados. La política tiene que rendir cuentas. Pero una cosa es cuestionar a una persona y otra muy distinta es usar ese cuestionamiento para no discutir las ideas.
Porque si cada vez que alguien plantea que los trabajadores deberían vivir mejor la respuesta es "¿y vos dónde vivís?", algo del debate se nos está escapando.
También hay algo que me resulta paradójico. Se habla muchísimo de la gente que "vive del Estado", pero pocas veces discutimos cuánto dinero público se destina a estructuras políticas, cargos, asesores, privilegios y funcionarios. Y mucho menos por qué para algunas cosas siempre aparece presupuesto y para otras —justo las necesidades cotidianas de los vecinos— aparece enseguida el "no hay plata".
No es una palabra mágica
Quizás deberíamos dejar de discutir solamente quién es de izquierda y empezar a discutir qué sociedad queremos construir.
Ser de izquierda no debería ser una palabra mágica que cierra una conversación. Debería ser una posición política que pueda ser discutida, cuestionada, confrontada y defendida con argumentos.
Podés estar en desacuerdo. Podés pensar que la izquierda está equivocada. Podés no votarla nunca. Todo eso es absolutamente legítimo.
Pero antes de rechazar una idea por el solo hecho de que viene acompañada de esa palabra, quizás valga la pena escucharla.
Porque una democracia sana no necesita que todos pensemos igual. Necesita que podamos pensar distinto sin dejar de escucharnos.
Y quizás sea justamente eso lo que más necesitamos recuperar.
Comentarios
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Gustavo Salerno 05/09/2026 10:49
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